Mi última perra: La Colmillo
Por Andrés Agüero
Hace
muchos años, una exnovia de cuyo nombre no quiero acordarme me dijo que cuando
vivimos un trauma muy fuerte, una de las tantas formas que tiene nuestra mente
para protegerse es borrar completamente ese recuerdo. Creo que la palabra que
utilizó fue forclusión. No he pensado en esa palabra hasta hace unos días.
Por
azares del destino me vi forzado a escribir sobre un tema que me parecía poco
importante para un trabajo de uno de los diplomados que llevo en simultáneo,
supongo que para sentir que hago algo importante con mi vida. Teníamos que
escribir sobre mascotas porque ese fue el tema que mi grupo eligió. Yo quería
que el trabajo fuera sobre avances tecnológicos, negocios basados en esos
avances, cosas que suenan a futuro, a innovación, a esa solemnidad ridícula que
uno adopta cuando quiere parecer más inteligente de lo que es. Pero a la
mayoría se le ocurrió que era lindo hacer el trabajo sobre perros.
La
vida está llena de casualidades, y creo que esta fue una de ellas.
Hace
más de veinte años que no tengo una mascota. Es más, hasta hace poco no me
había preguntado por qué, en todo este tiempo, no he sentido el menor deseo de
tener una. No odio a los animales. Me parece una estupidez maltratar
gratuitamente a un perro, a un gato o a cualquier ser vivo que no tiene cómo
defenderse de nuestra idiotez. Creo que los animales cumplen una función en
este mundo que es tan nuestro como suyo, o tan ancho como ajeno para ellos y
para nosotros.
Pero
también debo decir que no soporto a la gente que humaniza a los animales. Me
parece una de esas torpezas posmodernas que lindan con la imbecilidad. Llenar
la falta de hijos con perros, celebrarles cumpleaños como si fueran niños con
primaria incompleta, hablar de ellos como si hubieran elegido amarnos desde una
conciencia moral superior, me parece un exceso. Entiéndaseme bien: que un
animal nos acompañe, que nos alivie la existencia, que haga menos miserable una
tarde de tristeza, que nos regale una alegría gratuita, claro que sí. Sería más
imbécil de mi parte no reconocerlo. Pero de ahí a equiparar a un animal con un
ser humano hay una línea que no estoy dispuesto a cruzar, aunque la sociedad
avance feliz hacia ese abismo con torta, globos y ropita tejida.
Sin
embargo, ese discurso intelectual, que suena muy firme y muy coherente, oculta
algo bastante menos elegante: yo sí quise a una perra. La quise mucho. La quise
de una manera que recién hoy, más de veinte años después, empiezo a entender.
Se
llamaba La Colmillo.
Eran
los años noventa. Yo vivía en el mismo barrio en el que vivo ahora, en un
asentamiento humano de Ate. Los celulares apenas empezaban a aparecer como
objetos lejanos, casi mitológicos. Era improbable que hubiera uno en cada casa,
y mucho menos uno en cada bolsillo. La televisión todavía era la enciclopedia
común, aunque en mi barrio ni eso funcionaba bien, porque la interferencia de
los cerros hacía que apenas se vieran claramente dos canales. Los chicos del
colegio hablábamos de las mismas noticias, las mismas series, las mismas
películas. Escuchábamos la misma música que pasaban en la radio o en los
casetes, ese abuelito pobre de Spotify que repetía siempre el mismo repertorio
hasta que la cinta se enredaba.
En
medio de todas esas cosas comunes, casi todas las familias tenían perros.
No
eran perros como los de ahora. No tenían cama, seguro, snack, champú
dermatológico ni psicólogo canino. Comían lo que sobraba del desayuno, del
almuerzo y de la cena, si eran afortunados. Si se enfermaban, se les ponía un
remedio casero, una oración, una superstición o lo primero que alguien
recordara haber visto hacer a una vecina. Si escaseaban los médicos para las
personas, ya pueden imaginar lo raro que era encontrar un veterinario. Y, aun
si existía, otra cosa era poder pagarlo.
Por
el año 98 o 99, yo tenía una perra. En realidad, me la regaló una tía porque ya
no podía tenerla. Llegó adulta, con el pelaje negro y la cara y el pecho de un
tono amarillento. Mi tía le había puesto Colmillo, supongo que por alusión a
Colmillo blanco. Nombres más raros he escuchado. En mi barrio había perros
llamados Oso, que bien pensado es una ridiculez, porque llamar Oso a un perro
es como ponerle Hércules a un gato flaco. También recuerdo a un perro callejero
de la avenida Perú que tenía varios nombres porque tenía varios dueños a
medias. Mi amigo lo llamaba X, no porque ese fuera su nombre, sino porque podía
asumir todos.
Como
Colmillo era hembra, para que no quedara duda de su género, le dijimos La
Colmillo. Así, con artículo. Como si fuera una institución, una banda, una
leyenda urbana.
La
mitología familiar decía que era cría de pastor alemán, aunque eso nunca se
pudo comprobar. Era chusca, por supuesto, pero eso nunca le quitó presencia. La
Colmillo no necesitaba pedigree. Tenía presencia. Era inteligente, sobria, algo
callejera, y yo, que por esos años no tenía ninguna posesión importante, sentía
que ser el amo de semejante perra me daba una categoría distinta. Siempre he
sido medio dramático e idiota.
El
apego fue mutuo.
Ella
se alegraba cuando yo llegaba del colegio, pero no con ese escándalo histérico
de algunos perros que parecen empleados públicos el día de pago. La Colmillo
tenía una alegría contenida, digna, como si dijera: “Ya llegaste, imbécil,
pensé que te habías perdido”. Me acompañaba a comprar el pan. Y todo el que ha
vivido en un barrio como el mío sabe que comprar pan no siempre era un acto
doméstico, sino una pequeña excursión por calles donde algunos perros defendían
su esquina como si fueran comandos de frontera. Yo siempre he tenido miedo a
los perros que ladran y muerden, aunque aparente valentía. La Colmillo, en
cambio, no tenía ni un ápice de cobardía. Si un perro intentaba atacarme, ella
se ponía adelante. Era mi guardaespaldas.
También
fue mi compañía en esos años en que uno cree que su tristeza es única, que sus
padres no lo entienden, que el mundo entero conspira contra su rareza de
adolescente incomprendido. La casa de mis padres está al inicio de un cerro. A
veces, cuando algo me iba mal, cuando peleaba en casa o sentía esa mezcla de
cólera, vergüenza e impotencia que uno no sabe nombrar, me sentaba en alguna
parte del cerro. La Colmillo se sentaba a mi lado.
Yo la
miraba y no le decía nada. Por fuera, silencio. Por dentro, le hablaba. Le
contaba mis problemas sin abrir la boca. Quizá por eso la quise tanto: porque
nunca me pidió explicaciones. No me corrigió. No me dio consejos. No me dijo
que exageraba, que madurara, que no fuera raro, que dejara de pensar tonterías.
Solo se sentaba a mi lado, como si supiera que a veces la única forma decente
de acompañar a alguien es no invadirlo con palabras.
En
este punto de la escritura los recuerdos se me agolpan en la comisura de los
ojos. No recuerdos de hechos exactos, sino de lo que yo sentía en esos tiempos.
La
Colmillo no tuvo una vida fácil con nosotros. Ningún perro de barrio la tenía.
Era callejera, le gustaba escaparse, y a veces regresaba apestando a una mezcla
de basura, tierra, perro, derrota y mundo. Si olvidábamos descolgar la ropa de
los cordeles antes de salir, al volver encontrábamos las prendas desperdigadas
por el piso, como si hubiera ocurrido una batalla doméstica en nuestra
ausencia. Pero nunca nos robaba la comida. Siempre esperaba su turno, al final
de todos, como buena perra de casa antigua, no como esos perros de cristal de
ahora que comen antes que sus dueños y tienen menú más balanceado que un
estudiante universitario.
Cuando
hacía alguna barbaridad, bastaba que alguien levantara la voz para que intuyera
la cólera y se escondiera. Cuando la rabia se nos pasaba, aparecía con esa cara
de “ya sé que hice algo, pero tampoco exageren”. Entonces uno solo podía
resondrarla. Había algo profundamente humano en esa manera de esquivar el
castigo esperando que el tiempo hiciera su trabajo.
Una
vez, en una de sus mataperradas callejeras, regresó herida. Alguien dijo que
una señora del mercado le había echado agua caliente. No sé si fue verdad, pero
ese día odié a esa mujer con una pureza que ya quisiera tener para causas más
importantes. La Colmillo no se quejaba. Solo tenía los ojos tristes y con legañas
de llanto, con esa resignación que a veces tienen los animales y que debería avergonzarnos
porque nosotros, con todo nuestro lenguaje, no siempre sabemos sufrir con tanta
dignidad.
No
sabíamos cómo curarla. Ensayamos remedios de casa, torpes, desesperados, de
esos que nacen de la ignorancia y de la pobreza, que no siempre son lo mismo,
pero muchas veces se abrazan. La herida demoró meses en cerrar. En esa zona
nunca más le creció el pelo. Quedó una marca, una especie de cicatriz visible
de su vida callejera, como si el mundo le hubiera firmado el lomo.
Sus
periodos de celo eran míticos. Afuera de mi casa aparecían veinte perros, todos
peleándose como griegos por Helena. Producto de esos cruces en plena vía
pública, tuvo varias camadas. Hoy se puede esterilizar a un perro a un costo
relativamente accesible, pero en ese tiempo, por lo menos para mi familia, eso
estaba fuera de nuestro alcance. Así vi nacer a varios perritos. A algunos los
regalábamos, aunque normalmente la gente no los quería. Los que se quedaban con
nosotros vivían algunos años: Duque, Oso, Negra, Caramelo, Pibe. Esos son
algunos nombres que recuerdo.
Muchos
enfermaban y morían. No teníamos vacunas, conocimientos ni dinero suficiente
para ayudarlos. Eran momentos de impotencia para mí y para mi familia. Por eso,
una vez alguien decidió que había que cortar el problema de raíz. Muerta la
perra, se acababa el problema.
Esa
noche me abracé a La Colmillo y lloré en silencio, con una amargura que todavía
puedo reconocer aunque no recuerde todos los detalles. Me despedí de ella.
Algunos dirán que eso era maldad o sevicia. Yo creo que era ignorancia, pobreza
y contexto. No justifico nada. Solo digo que las familias pobres muchas veces
toman decisiones horribles no porque sean monstruos, sino porque viven
encerradas en un cuarto donde todas las salidas parecen crueles.
Recuerdo
esa noche porque creo que nunca había sentido hasta entonces nada tan cercano a
la muerte como la condena de mi perra. La buena noticia, si es que puede
llamarse así, fue que mis padres también se dieron cuenta de que no podían
deshacerse de ella. La condena se levantó. La Colmillo siguió viviendo, y yo
sentí que el mundo, por una vez, no había sido completamente miserable.
Tuve
muchas aventuras con ella. Era una gran cazadora. Un par de veces la vi atrapar
palomas en pleno vuelo. Se agazapaba, calculaba, saltaba con una agilidad casi
de gato y las cazaba en el aire. Eso reforzaba el mito de que venía de perros
cazadores o de alguna estirpe secreta que solo existía en nuestra imaginación
familiar. Así, a veces, alimentaba a sus crías. No había romanticismo en eso.
Era supervivencia. Era barrio. Era la vida funcionando con sus reglas antiguas,
bastante antes de que aprendiéramos a maquillarla con palabras bonitas.
Sería
largo contar todo lo que viví con esa perra y todo lo que significó para mí.
Más de veinte años después, no la he olvidado. Pero mi historia con La Colmillo
siempre tendrá un hueco, una parte rota, una escena que falta.
Yo la
tuve desde que tenía, creo, unos diez años. Para entonces, ella ya era adulta.
Cuando yo tenía cerca de dieciséis o diecisiete, enfermó. Yo sabía que estaba
mal, muy mal. Pero hoy no tengo recuerdos claros de sus días finales. Solo una
imagen: ella recostada, enferma, cansada. Nada más. Después, esa etapa de mi
vida se esfuma.
No
recuerdo cómo me enteré de su muerte. No recuerdo si lloré o si me quedé en
silencio y no dije nada. Creo que mi madre, semanas después de que yo no
preguntara por la perra, me contó que había muerto, y yo la miré sin responder.
Aunque no estoy seguro de que eso haya ocurrido. Quizá lo invento. Quizá mi
memoria, que también tiene sus formas cobardes de protegerme, fabricó una
escena menos dolorosa que la verdadera.
Solo
creo que me quedé en fase de negación, porque yo seguía haciendo las cosas que
hacía con La Colmillo cuando me sentía mal y tenía que renegar, llorar,
sentirme impotente, desconsolado, incomprendido. Suena insensible no haberme
despedido de ella, no haberla enterrado, no tener una última escena digna para
una historia que la merecía. No tener un recuerdo para colocar en mi estado de WhatsApp.
Pero creo que mi familia no me dijo nada porque sabía lo que ese dolor
significaría para mí.
El
dato revelador de esta historia es que después de La Colmillo nunca he querido
tener otra mascota. No como una decisión consciente, no como una promesa
solemne, sino como algo enterrado en mí. No he tenido necesidad de acercarme a
un animal ni he conectado con ninguno. No sé si en mi mente todavía la espero
para contarle con mi silencio todo lo bueno y malo que me ha pasado en estos
más de veinte años. Quizá, si algún día salgo a caminar por una calle donde
unos perros me quieran morder, aparezca ella para defenderme.

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